Lenguaje de abuela

—Por favor, mamá, no hables como una abuela —me dijo mi niña bonita (once años) con sus ojos bien abiertos expresando una mezcla de asombro y vergüenza.

Ojiplática, perpleja, pasmada, petrificada, sin saber qué contestar me quedé. Mi último deseo era volver a emplear un lenguaje de abuela, abuelil, como ella lo definió.

¿Qué dije para provocar tal asombro? No te lo vas a creer, nada. Nada especial. Solo utilicé el verbo caminar en lugar de andar, que es el que su pequeña cabeza esperaba escuchar por ser el “verbo popular” y más propio de la zagalería, parece ser.

Disfrutamos debatiendo

Aceptado tengo que se encuentra en una edad en la que ya dejo de ser lo más para ella y que pronto tendrá un pavo en lo alto de la cabeza picándole todo el día. Por experiencia sé que no es la situación ideal e intento empatizar con ella a cada paso que da, pero en cuanto a léxico se refiere, me brota la guerrera que llevo dentro y disfruto debatiendo, porque (deformación profesional) me apasionan las palabras y reivindico el empleo y vuelta de las que se han quedado obsoletas. En el fondo sé que a ella también, es una lectora empedernida y siempre ha tenido un vocabulario rico, pero, claro, la edad no perdona. Hay que ser moderno.

Olvidada esta conversación, días después, haciendo limpieza de juguetes, su padre se sorprende de que haya dos peluches iguales.

—Sí, cada uno tiene el suyo, si no habría problemas —le contesté.

—Pero yo diferencio el mío porque aún tiene su etiqueta (tres años después). No le quité nada para que quedara igual que en la tienda —respondió tan orgullosa mi niña bonita.

—Sí, hija, no lo vayas a mancillar. —Me salió, así, sin pensarlo. Aquel verbo salió de mi boca como una bala. Para qué queremos más, las carcajadas se escucharon en toda la urbanización y la jarana duró una semana.

Había vuelto el lenguaje de abuela.

—¡Qué abuelil! —Y acompañó la frase de una carcajada.

Por suerte no soy la única en casa con un lenguaje poco acorde al gusto de la niña, porque cuando al subir al coche mi persona favorita, su adorado padre, le pidió que se abrochara el cinturón de seguridad ¡horror!

—¿Has dicho cinturón de seguridad? Papá, por favor, di el cintu, pero ¿cinturón de seguridad?

Qué abuelil. No sé cómo decirlo ya…

Madre de la lengua hermosa. El gran problema es que nos hacemos mayores, esa es la conclusión a la que llego. «No, quizá es que, por su edad, está en otra onda, su lenguaje ahora dista del tuyo» piensa mi yo interior.

Sí, creo que es eso, si me paro a recordar cómo hablaba en los 90 me meto debajo de una piedra y no vuelvo a salir nunca, porque fue la década más nefasta que recuerdo: ropa, música, lenguaje… Lo peor, que ciertas muletillas se quedaron y no creo que desaparezcan nunca, ¿no estás de acuerdo? Pues si rondas mi edad, seguro que tus amigos son más tíos que colegas, las cosas son guays y tu grupo de música mola (quizá) mazo.

Cuando nuestros hijos determinan nuestra juventud por las palabras que empleamos. Clic para tuitear

Pero ya no nos acordamos de nuestros once y en mi caso me encuentro sorprendida y escribiendo sobre los de mi hija, cuando podría hacer un tratado de mi adolescencia.

No te rías, seguro que tus hijos también opinan que tienes un lenguaje de abuela, el famoso lenguaje abuelil. Si no te lo han dicho, te envidio, pero no cantes victoria antes de tiempo, porque aún puedes convertirte en una víctima más del lenguaje de la época. Si lo piensas, unas veces somos víctimas de ese lenguaje de forma activa (empleando vocablos de moda, anglicismos…) y otras de forma pasiva (no entendiendo el lenguaje de los más jóvenes o siendo acusados de viejunos, porque sí, me he sentido viejuna verbal).

Si tú también te sientes identificado, bienvenido al club. ¿Qué palabras usan tus hijos o te recriminan por usar? Cuéntamelo en los comentarios y no olvides suscribirte al blog.

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4 Comentarios

  1. Tu persona favorita

    20/10/2019 at 00:19

    Zagalería, jarana… Abuelismos por todas partes. Al final le voy a dar la razón a tu hija.

  2. Sí que me lo dicen, sí. Mi respuesta es usar más palabras para ellos desconocidas. De momento me preguntan con curiosidad como yo le pregunto a ellos: ¿logueado, uti, to pro, no me llevo? y unas cuantas más que mi cerebro se empeña en no retener.

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