Cuestión de Estado

Cuestión de Estado

La muerte de una reina ha despertado un fantasma (el de un rey) que se convierte en una cuestión de Estado, pero ¿lo es?

La reina Isabel II de Inglaterra murió hace unos días. Eso ya lo sabes porque hemos tenido a entendidos y expertos en casas reales en la tele a todas horas opinando. Casi se ha hecho más largo el funeral que el reinado.

La realidad es que hemos vivido un hecho histórico: la muerte de la reina de reinas y de reyes, por supuesto. Una mujer que parecía inmortal, que daba la sensación de que siempre estaría ahí obligando a su hijo a hacer historia también como el eterno príncipe de Gales, a quien, a partir de ahora lo conoceremos bien. Falta por ver si gusta y lo que dura en ese trono al que se ha subido con tantas ganas de poder como yo de café por las mañanas.

¡Qué pena que este sea un blog de historia de España, porque su reinado daría para muchos artículos!

Bien, regreso al tema que nos ocupa esta semana: el debate que ha abierto en nuestro país la muerte de Isabel II. Nadie pone en duda que su entierro haya sido una cuestión de Estado, sin embargo, se han ocupado horas de televisión y mucha tinta de imprenta en cuestionar la presencia del rey emérito en dicho evento.

Veamos si en esta comunidad lectora encontramos una explicación lógica y evidente sin caer en intereses políticos ni demagogias.

Partiendo de la base de que Juan Carlos está poniendo de manera casi constante palos en las ruedas a su hijo, no debemos confundir churras con merinas.

Obviaré hoy las actuaciones reprochables del rey padre (al igual que al propio interesado, tampoco me agrada lo de emérito) porque no vienen a cuento. De ahí que nos centremos en los motivos por los que su asistencia no es una cuestión de Estado. O sí.

Se dice que todas las monarquías están emparentadas de alguna manera, porque todos descienden en cierto modo de la abuela de Europa, la reina Victoria de Inglaterra y de su marido Alberto de Sajonia Coburgo-Gotha.

En nuestro caso, la relación entre la monarquía española y la inglesa es estrecha. Por un lado, el rey Juan Carlos fue nieto de la reina Victoria Eugenia de Battenberg (consorte de Alfonso XIII) nieta, a su vez, de la reina Victoria. Sí, tuvimos una reina inglesa a la que, todo sea dicho, no se lo pusimos fácil los españoles, empezando por su propio marido.

Por otro, la reina Sofía es prima de Felipe de Edimburgo, marido de la reina Isabel II.

Para encontrar alguna relación de sangre más próxima habría que rascar mucho y ni así, porque más allá del sentimiento personal que pudieran tener ambos reyes (Isabel y Juan Carlos) que se consideraban familia, poco más hay.

También es cierto que, entre monarquías, el concepto de familia se toma muy a la ligera, pero bueno, esto ya es otro tema.

Resumiendo, uno de los hijos de la reina Victoria fue el padre del abuelo de Isabel II y una de las hijas fue la madre de la abuela de Juan Carlos I. Y hasta aquí su parentesco. Como ves, muy diluido tras tantas generaciones, pero familiares al fin y al cabo.

Ya sólo por este hecho, Juan Carlos está en su derecho de acudir al entierro. Es más, no debería ni ser cuestión de Estado ni de otro tipo. Señores, hablamos de un funeral, no de una fiesta pública de este señor con los reyes de España en activo.

Ahora viene la parte protocolaria, la formal. No olvidemos que el nuevo rey de los ingleses, Carlos III, envía una invitación para el funeral de su regia madre a todas las casas reales y mandatarios del mundo. A la casa española envía dos; una para los actuales reyes, Felipe VI y Letizia, y otra para el viejo monarca (y consorte). Claro que el bueno de Carlos conoce bien las desavenencias que se trae la familia real española. Aún así, ese no es su problema ni debería serlo para nosotros en lo que a este tema se refiere. Se trata de la despedida de la mujer que ha sido el estandarte de lo que significa ser monárquico en el mundo entero.

Las rencillas y envidias están presentes hasta en las mejores familias, ¡qué duda cabe! Motivo que me hace pensar que Carlos III haya disfrutado invitando a Juan Carlos para ver cómo los españoles recibimos la presencia de nuestros cuatro reyes en un acto como este. Al final, hay mucha historia entre ambos países, ya sabes. Habrá pensado que él sí que tiene grandes problemas, ¡a ver si creemos que los abusos a menores que cometió el principito de su hermano son una minucia!

De vuelta a la realidad, lo realmente probable es que no responda más que a una cuestión de Estado, protocolaria sin más. Esta es la única razón, pese a que a mí me atraiga más la teoría anterior por la de literatura que da.

Los ingleses son los reyes del protocolo y la operación «puente de Londres» se ha llevado a cabo sin preguntar, que para eso ha costado tanto trabajo fijar cada movimiento y se ha preparado con tanto tiempo: ¡veinte años! Claro que entonces la monarquía española era bien distinta y hasta la familia real era otra.

Por tanto, el funeral de Isabel II es de Estado. Además, desde el mismo momento en el que la reina cerró los ojos para siempre, todos y cada uno de los pasos que se han dado, han estado marcados y decididos por ella. ¿No te parece fascinante? A mí cansado y algo tétrico, pero dentro del mundo monárquico es una fantasía. Imagino a la reina decidiendo cada mínimo detalle. Por ejemplo, la música que sonaba en el momento en el que el féretro salía de la abadía de Westminster era de Bach. Curiosamente, la empezó él y la terminó su hijo. Metafórico, poético, simbólico, en una palabra: embriagador.

Teniendo en cuenta todo esto, la asistencia de Juan Carlos I es mera anécdota. Los ingleses son los reyes del protocolo, la monarquía más estética. De modo que no es una cuestión de Estado la presencia del rey padre español, sino una decisión personal, por un lado, puesto que tiene una invitación de la casa real anfitriona y, por otro lado, el protocolo avala su asistencia. Ni la Moncloa ni la Zarzuela están en disposición de prohibir la presencia del rey padre en Londres.

Me da en la nariz que tanto revuelo no responde más que al refrán: cuando veas las barbas de tu vecino pelar, pon las tuyas a remojar. Vamos, que la muerte de la reina Isabel nos ha llevado a pensar en la de nuestro Juan Carlos. Y no por sentir pena, sino porque se abre el gran melón de qué hacer. ¿Cuestión de Estado?

Luego están las opiniones de los tertulianos con tendencias políticas que se caen a un lado u otro de la cama que, puesto que estamos en un país de libertad donde podemos expresar lo que consideremos oportuno, vierten sus ideas con cierta rabia y con mucha demagogia gracias ese altavoz que le brindan las cadenas y programas de televisión. Olvidan, sin embargo, que lo hacen gracias a la democracia que trajo a España precisamente el monarca en cuestión. Otra cosa es cómo y los detalles que no son ninguna minucia.

Por mi parte, desde mi pequeño micrófono que llega sólo a una minoría, pero muy selecta, expongo los datos como son. Ahora, todos somos de opinar si nos parece bien o no que Juan Carlos haya viajado a despedir a su homóloga durante treinta y nueve años, a su prima y amiga del mismo modo que el resto de reyes jubilados.

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2 thoughts on “Cuestión de Estado

  1. Genial tu artículo, como siempre. Y… BASTA YA DE METERSE CON EL REY JUAN CARLOS I. No nos damos cuenta de todas las cosas buenísimas que ha hecho por España y los españoles y lo estamos demonizando por unas comisiones que le han dado, SEÑORES, que no ha robado nada… no como otros a los que quieren indultar… Tengamos un poco de memoria (23F, por ejemplo…)

    1. Muchas gracias, Manolo.
      Desde mi pequeño micro reivindico siempre el respeto a todo el mundo. La opinión más valiosa es la que se hace siempre desde el más absoluto respeto y con educación y el rey Juan Carlos no es una excepción. Otra cosa es que esté o no de acuerdo con lo que dices. Habría mucho que discutir.
      Un abrazo.

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