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Nos ahogan los anglicismos

Nos ahogan los anglicismos y lo sabes, pero no haces nada. Nos ahogamos en vocablos ingleses.

Tranquilo, todos somos igual de culpables. No nos movemos para frenar esta locura lingüística.

Otra vez la misma historia, vaya rollo, ¿verdad? Sí, en español contamos con nuestras palabras, sin embargo, no son tan cool como las inglesas. En realidad, es una moda, dirás. Una moda que viene para quedarse, te digo. Un boom.

¿Por qué esa obsesión por adoptar palabras en inglés cuando nuestra lengua tiene las mismas y más bonitas? Clic para tuitear

Todo lo que suponga un enriquecimiento es bienvenido siempre, si carezco de algo y me lo aportas, te doy las gracias y me lo apropio. El problema está en el complejo de oveja que tenemos los españoles. Sí, somos un poco ovejas, lo siento. Tú y yo y toda persona en la que figure en su DNI la nacionalidad española. ¿Por qué digo esto? Verás, somos como Fuenteovejuna, vamos todos a una. Ahora todos sabemos lo que es el spoiler, pero reconoce que la primera vez que lo escuchaste, te pasó una de estas dos opciones y pensaste:

“¿Qué piiiiiiiii es eso?”

“¡Cómo mola! Me gusta cómo suena spoiler”

Rápidamente te la has apropiado. Ha pasado a formar parte de tu día a día, de tu vocabulario.

Somos un poco ovejas porque nos dejamos llevar. Nos ahogan los anglicismos y continuamos siguiendo a la masa.

El otro motivo por el que somos como las ovejas es porque intentamos pasar desapercibidos entre el rebaño, en nuestro caso, entre el mar de personas por el que navegamos cada día. ¡No voy a ser yo quien defienda nuestra lengua! O ¡Yo no seré la antigua, si esta palabra la emplea todo Twitter, habrá que usarla!

Una pregunta, ¿por qué entonces nos cuesta tanto a los españoles hablar inglés?

No me contestes, esto da para otro post. Lo importante ahora es que nos ahogan los anglicismos.

Entramos ahora en el mundo de las redes sociales. ¡Menudo peligro tienen las condenadas!

Además de los miles de inconvenientes que tienen, sí, lo siento, soy anti redes sociales, cuando eres escritor, te encuentras sometido a ellas. Te guste o no.

Soy escritora indie, por lo que además de escribir y calentarme la cabeza con la storytelling, me veo obligada a aprender sobre el Marketing que hasta hace unos años desconocía (y sigo descubriendo cada día un poco) porque a mi carrera literaria he incorporado un blog en el que haciendo click en el link te suscribes y recibes por mail una newsletters. Algo muy molón y que solo recibes tú por ser vip. Además, vivo pendiente de los likes, tuits, retuits y nunca me olvido de poner los hashtags para llegar a más gente. ¿Mi sueño? Ya lo sabes, convertirme en trending topic o ¿era vender más libros?  🤔

Pero estoy feliz porque mi fanpage crece rápido y tengo una web que es la bomba gracias a mi community manager que es un crack.

Espero muchos Feedback y que todos leáis mi novela En los ojos del Rey porque tiene unos flashbacks que os van a encantar. Aunque a mí lo que realmente me encanta es la cantidad de analepsis que empleo, pero no te quiero hacer ningún spoiler porque no soy una destripadora ni me gusta reventar nada. Solo te diré que es la primera y ¿única? novela traducida a memes, lo que ha hecho que muchos millennials hayan conocido parte de nuestra historia interesándose por la llamativa vida del rey Alfonso XIII.

Hay escritores indies como yo que recurren a las campañas de crowdfunding para publicar sus obras frente a otros que son todos unos influencer de las letras y no lo necesitan.

Necesito un break en el que voy a aprovechar para ver mis emails en el Smartphone.

Lo dicho, si te ha gustado este post, dame un like, retuitea y, por favor, comparte. Claro que me gustaría un follower nuevo, eso no se pregunta, hombre. Confieso que temo los unfollowers.

Este artículo tiene 685 palabras, de las cuales, 36 no son españolas. No es ninguna tontería y Álex Grijelmo lo explicó muy bien: “En apenas medio siglo, el inglés ha colocado tantas palabras en la boca de los hispanohablantes como el árabe en ocho centurias”. Nos ahogan los anglicismos…

Bienvenidas y bienvenidos todas y todos

      Somos unos acusicas, sí, igual que niños pequeños. Acusamos a la lengua como la mayor culpable y la principal amenaza machista. Es fácil y de cobardes atacar a quien no se puede defender, pero de listos utilizar la lengua para conseguir llamar la atención de un sector de la sociedad mayoritario (de los más de 46 millones y medio de habitantes españoles, casi 24 millones somos mujeres). Vamos a cambiar las reglas y la Constitución, si es menester, para obtener un lenguaje inclusivo. Somos un país sin gobierno estable, el paro es uno de nuestros principales problemas, la justicia está obsoleta, pero es de relevancia supina crear un lenguaje inclusivo duplicando palabras dentro de un mismo discurso. De prosperar este absurdo, pronto leeremos, escucharemos y o escribiremos textos de este tipo:
Y esta necedad porque hay bobos y bobas que consideran que la lengua tiene que incluir por igual al femenino y al masculino mediante la duplicación de palabras, olvidándose (quizá desconociendo unos, mientras otros luchan por cambiar) de que existen en nuestra lengua una serie de reglas para el género gramatical, pensando que se eleva a la mujer a un nivel de igualdad frente a los hombres. Sin embargo, ¿qué hay de lo que de verdad importa? ¿Dónde está la ley que defiende a la mujer ante un no es no, aunque sea en el último momento?, y antes de esto, ¿dónde está el respeto del hombre a la mujer en esa situación para no tener que llegar a la justicia? Si existiera el respeto al género femenino (que no al gramatical, porque yo soy mujer, pero ante todo, persona y no quiero verme reducida a un género gramatical) por parte del masculino, si la mujer no fuera vista como un objeto de deseo y posesión, si pudiéramos ser madres y directivas de una empresa con lo que ello implica, si tantas cosas… no hablaríamos de la lengua, porque no sería necesario escudarnos en ella.

El español es una lengua romance, esto quiere decir que es una de las lenguas de la rama indoeuropea que surgieron como evolución del latín vulgar en contraposición al clásico y que están íntimamente relacionadas; otras son el italiano, francés, portugués o rumano. Y este tipo de lenguas dispone de un masculino genérico, ¿qué es esto?, te lo cuento: en español, nuestra lengua, como en otras, existe el masculino como género no marcado, es decir, es necesario especificar para determinar si nos referimos al masculino o al femenino, de lo contrario, sería masculino. En cambio, el femenino es un género marcado, se refiere al femenino únicamente.

Pongo un ejemplo; si digo “Los profesores hicieron huelga” estoy incluyendo a los profesores y a las profesoras, pero si la frase la cambio y digo “Las profesoras hicieron huelga” estoy excluyendo a los profesores y afirmando que la huelga fue llevada a cabo solo por las profesoras.

La gramática es así, no la he inventado yo, ni siquiera el escritor y académico Pérez Reverte quien tantas afrentas recibe en las redes y tantos zascasresponde por defender nuestra gramática.
Esta acusación a la lengua no queda ahí, nos lleva un paso más allá, ¿qué ocurre con la economía lingüística? Este concepto para algunos será algo perteneciente al cretáceo, paradójicamente, en un tiempo en el que tanto la economía como el tiempo son más oro que nunca. Pero no importa, ya rascaremos minutos a otras ocupaciones mientras dupliquemos palabras de manera absurda.


      Ahora bien, ¿de verdad es la lengua española machista? Un dato; palabras femeninas en español: 49700, es decir un 46,17 % frente a las masculinas 53724 lo que implica el 49,91 % y de ambos géneros hay 4214, un 3,91 % ¿Cambiamos alguna de género para que exista igualdad? Un dato más: piensa en palabras como zorro/a, cualquier/a, callejero/a, lobo/a, por poner solo algunos ejemplos, bien, ahora di en voz alta el significado de cada una de ellas. Todas las palabras femeninas tienen en común uno de los significados: puta.  
      No olvidemos que somos los hablantes quienes empleamos la lengua para agredir, para discriminar, ofender o dañar. La lengua, y por tanto la palabra, es la más peligrosa arma que todos, absolutamente todos, los hablantes poseemos. Por ello, debemos tratarla con precaución, pues su uso puede hacernos tan felices como infelices.

Según la catedrática mexicana Concepción Company “somos los humanos los que discriminamos, pero no con la gramática, sino con el discurso que hacemos valiéndonos de ella”.
La lengua es un arma legal, por eso, no dudamos en emplearla sin pudor, sin reparo. No solo se la acusa de machista, también de políticamente incorrecta. ¡Cuánto odio este concepto! Cuando en un discurso aparece la palabra política, vamos mal, muy mal.



Tras siglos de haber plagado a nuestra lengua de connotaciones principalmente negativas, hoy resulta casi imposible eliminarlas o limpiarlas, es por ello, que intentamos buscar nuevas expresiones o ampliar nuestra diatriba hasta el agotamiento. De esta manera hablamos de personas de color, como si los blancos fuéramos transparentes, carentes de color alguno.

Lo realmente es importante es la limpieza desde dentro, desde la educación y valores transmitidos en casa. Las nuevas generaciones son las que tienen la responsabilidad de hacer las cosas bien, mientras que nosotros, tenemos la obligación de educarlas en el respeto y no solo con ambos géneros, sino con el mundo en general (lo que incluye diferentes razas, opiniones, culturas, animales o plantas, en definitiva, con todo). Que la inclusión no se convierta en mera palabrería carente de significado, y lo que aún es peor, de valor.
Te regalo una pregunta para reflexionar, que ahora tienes tiempo. ¿Quién es el machista, el hablante o la lengua? 

Algunos ismos de la lengua española.

Partiendo de un ostracismo convencido, mi intención a través de este artículo no es otro que reflexionar, desde un punto de vista lingüístico, sobre el empleo del sufijo ismo hoy y en relación con la actualidad política.

Sí, hoy haré que literatura y política se den la manopara señalar las diferencias de dicho sufijo entre ambas doctrinas.

¿Preparado? Vamos.

Para la RAE, el ismo es cualquier movimiento artístico, literario o filosófico y en general efímero. De modo que a principios del siglo XX disfrutamos de las Vanguardias en literatura: el Creacionismo de Huidobro, el Ultraísmo de Borges o el Surrealismo de Alberti o Lorca, por citar algunos ejemplos.

Todos ellos comparten algo,son movimientos rupturistas, de rebeldía, que pretenden el impacto social y que se prolongan poco en el tiempo, son efímeros.

Pero el ismo es un sufijo de origen griego que significa doctrina, sistema, modo o partido. De ahí que lo encontremos también en el lenguaje referido a la política, así podemos hablar de Socialismo, Populismo, Nacionalismo y una nueva a la vez que vieja corriente, el Independentismo. Al contrario de lo que ocurre con el arte o cultura, estos ismos han venido para quedarse o en su defecto, para prolongarse en el tiempo.

Hay otros ismos que están íntimamente relacionados con el mundo político y son negativos como son el terrorismo, machismo. En contraposición a este último nació el feminismo.

Una pregunta, ¿con el sufijo ismo, nos referimos hoy a un extremo que, en general, conlleva connotaciones negativas? En alguna ocasión, habrás escuchado eso de que, por lo general, los ismos no son buenos puesto que se relaciona con los extremos, y estos nada tienen de ventajoso. Otras veces, llegamos al acuerdo de que algunos son negativos, como el terrorismo o el machismo, otros dependen de los ojos o, más bien de los corazones que lo sientan, como el Nacionalismo o Independentismo. En lengua española, otros ismos negativos son leísmo, laísmo o loísmo.

Y un término que resulta un tanto conflictivo es el feminismo, pero ¿por qué? 

Es un principio de igualdad de los derechos entre hombres y mujeres, por tanto, atendiendo a su definición, supongo que no existe mujer que no la comparta. Pero ¿qué ocurre cuando este feminismo es trasladado o visto como una corriente o movimiento? Parece que ahí está el problema, cuando se defiendo el término como un movimiento, porque esto no es compartido por todas las féminas.  Precisamente, en redes sociales, sueles leer discrepancias entre mujeres. Personalmente recuerdo la última protagonizada en Twitter entre la perdiodista Isabel Rábago y la actriz Anabel Alonso. Una decía que era femina, no feminista y la otra le respondía argumentando que las feministas no son ornitorrincos. Por eso, el empleo exacto de cada vocablo es tan importante, así evitaríamos batallas dialécticas desagradables entre mujeres cuando pretendemos luchar por un objetivo común. A veces, es necesario diferenciar el término del movimiento.

La línea que existe entre el ismo y la connotación negativa es muy fácil de sobrepasar. Y es que la lengua es la mejor o peor arma que poseemos, al menos, la que tenemos más cerca, la llevamos dentro y todos la podemos usar. Y la intención del hablante o su mal uso, será el responsable de estigmatizar determinadas palabras.

Así, en ocasiones, muchas mujeres no se sienten identificadas con los movimientos feministas pese a estar de acuerdo con su definición y sentir rechazo al machismo. También la derecha española tildará de populismo al hacer de un determinado sector político mientras que el socialismo se mantiene referido a un partido simplemente, con independencia de su ismo.

En definitiva, el devenir de la política ha influido en el significado de determinadas palabras aportando connotaciones de las que carecían.



Cuidado con la intención que ponemos a las palabras, pues podemos convertirlas en peligrosas armas.

¿Cuál es tu opinión? ¿Qué ismo crees que falta y es relevante hoy en día?

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Viejuna verbal

Esta mañana he decidido ir a hacer la compra caminando y desafiar al frío pese a las advertencias meteorológicas.



Como el invierno es sombrío y algo aburrido en ocasiones, en cuanto a la vestimenta, y teniendo en cuenta que yo hoy necesitaba color y alegría, me he enfundado una chaqueta de lana con las mangas de lentejuelas que los Reyes me han traído por buena persona.

Gracias a este paseo matutino para llevar a cabo mis quehaceres, ahora estoy escribiendo esta entrada del blog.

¿Qué tiene que ver el frío con un blog de literatura y lengua?, te preguntarás. Mejor aún, ¿qué me importa a mí, lector, las mangas de tu chaqueta?
Pues mucho y todo. A ver, tanto el frío como las mangas nada, pero gracias a ambas cosas nace esto que estás leyendo.

Me explico, mientras portaba mis bolsas de la compra, he pensado: “Qué bonita es esta chaqueta con sus lentejuelas”.
Y ahí está la clave. Ya no son lentejuelas, ahora son paillettes. Parece que eso de las lentejuelas queda vulgar, no es sofisticado.

Lo peor de todo es que estoy desfasada, pues en las 185 palabras que llevo escritas, tres no se usan ya con la frecuencia que deberían. Digo deberían porque son nuestras, de nuestro idioma, de nuestra lengua, nuestra herencia. Nos pertenecen, vamos.



Y es que ahora la vestimenta es el dress code, mi chaqueta es de paillettesy la entrada de mi blog es un post.

Yo soy bloggera, también tuiteo y busco ser trending topic, pero nunca lo consigo. He dejado el libro de papel pasándome al ebook por diversos motivos y las newsletters ya forman parte de mi día a día.

Pese a todo ese tsunami de palabras que me ha invadido, mientras plancho (cuando lo hago y estoy sola) me gusta ver Sávame (quizá porque me empuja a planchar rápido, quizá, simplemente me divierte). Lo mejor del programa son los cebos, nada tiene que ver con la realidad o, al menos, poco por lo general.
Además de ver Sálvame cuando plancho, me gusta leer y ambas actividades son perfectamente compatibles. Entiéndase que por separado.
Estar al tanto del colorín me ayuda a comprender a mi querida Rosa Palo cada semana. Si aún no la conoces, ve corriendo a leerla. Tienes risas y entretenimiento asegurado.

Y digo esto, que me voy por los pirineos de la izquierda, porque ayer, compartiendo rato de lectura con mi hija, me pregunta:

-Mamá, ¿qué significa “clickbait”?
Mi cara de póker la llevó a decir:
      -Ni idea, ¿verdad?    
Exacto, no tenía ni la más remota idea. «Vamos a buscarlo, hija». Esa fue mi respuesta.

Resultó que los cebos de Sálvame son los clickbait que aparecen en su libro de youtubers The Crazy Haacks.



Entonces me sentí mayor, muuuuy mayor de golpe. No saber responder el significado de una palabra a mi hija me chafó, lo reconozco. Pero es que esta reflexión va más allá. Tengo la sensación de ser una antigua, obsoleta y demodé; yo estudié Filología Hispánica, para mí, los filólogos éramos los médicos de las palabras. Ya casi no hablamos nuestra lengua de manera pura. Ahora somos médicos de otra manera: forenses. 

Oh my God, menos mal que aún no soy ni runner, ni yogui, ni hago fitness. Sería incapaz de llevar el peso de todo ese palabrerío encima.

Si, al igual que yo, eres un viejuno verbal, te gusta el español y la literatura, entonces, sígueme. Este es tu blog. También puedes leer una novela sobre el último Borbón que habitó el Palacio Real y un cuento muy bonico que te gustará seguro. Ambos libros en el español de toda la vida escritos por una filóloga que siente amor y devoción por su lengua.

Palabrerío cartagenero





Maravillosa foto realizada por José María Faz
En Cartagena disfrutamos de lo propio, de lo especial y único que nos diferencia del resto de la Península Ibérica; el clima, la comida, las terrazas siempre al sol con sus tapas y cervecicas frescas, el buen humor o la gente guapa, pero si de algo podemos presumir es de nuestra exclusiva riqueza léxica. Un lujerío de vocablos.
En la ciudad levantina contamos con un personaje especial, muy nuestro que lleva tácita una historia real: el icue. Si acudimos al diccionario de la RAE no encontraremos esta palabra, ¿por qué? Sencillamente porque es nuestra y para poder encontrarla debemos acudir al diccionario cartagenero. Me olvidaba, también tenemos nuestro diccionario: El Diccionario Icue que fue creado por Ángel Serrano Botella en 1986.

                Mientras que el resto de España cuenta con la figura del pícaro, figura que, por otro lado, lleva implícita una importante carga literaria, tal es el caso de La vida del Buscón llamado don Pablos de Quevedo o El Lazarillo de Tormes, sin autoría conocida; para nosotros, los cartageneros, ese pícaro es el icue; aquel zagal o niño que pasaba el tiempo, o más bien lo perdía, en el puerto. Los icues se bañaban en calzoncillos y por ello, la figura de bronce viste únicamente dicha prenda mientras que en la mano sostiene un aladroquedel que sale un chorro de agua.
El icue es el Manneken Pis cartagenero y ¿por qué no? Español.
                Tanto es el léxico cartagenero que, como decía, hasta contamos con un diccionario. En él no faltan voces tan de la tierra como el picoesquina donde todos hemos quedado en más de una ocasión porque siempre hay un bar que hace esquina.
Mis alumnos de español han aprendido a tomar los libros de las lejas de la estantería del aula e incluso han comido crespillos, aquellas galletas saladas y redondas, finas y crujientes que eran mis almuerzos de recreo y que saboreaba mientras me la amocaba en el pilla pilla.
Con la llegada de la primavera, rara es la casa que no cuenta con un buen kilo de pésoles para ser degustados crudos y que cunden como pipas. Como no es menester tirar comida, las abuelas preparaban una ropa vieja para chuparse los dedos.
Recuerdo los veranos en los que, en la playa, subidos a coscoletas unos de otros, intentábamos capuzarnos.
En Cartagena, como en todos sitios siempre hay un malafolláy una hija de la polla roja, sin embargo, lo que más abunda es gente bonica, amable y servicial.
Aquí os dejo la traducción para leerlo, como diría mi abuela, en cristiano.
Aladroque: boquerón
Leja: balda
Amocar: cuando en un juego te toca pillar o contar.
Pésoles: guisantes
No es menester: No es necesario, no hace falta.
Ropa vieja: frito que se hace con las sobras del guiso del día anterior, generalmente el cocido.
A coscoletas: subirse a hombros o en la espalda de otro.
Capuzar: sumergir la cabeza en el mar.
Malafollá: persona con mal carácter.
Hija de la polla roja: persona a la que se le otorgan privilegios, un trato de favor.

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