Bienvenidas y bienvenidos todas y todos

      Somos unos acusicas, sí, igual que niños pequeños. Acusamos a la lengua como la mayor culpable y la principal amenaza machista. Es fácil y de cobardes atacar a quien no se puede defender, pero de listos utilizar la lengua para conseguir llamar la atención de un sector de la sociedad mayoritario (de los más de 46 millones y medio de habitantes españoles, casi 24 millones somos mujeres). Vamos a cambiar las reglas y la Constitución, si es menester, para obtener un lenguaje inclusivo. Somos un país sin gobierno estable, el paro es uno de nuestros principales problemas, la justicia está obsoleta, pero es de relevancia supina crear un lenguaje inclusivo duplicando palabras dentro de un mismo discurso. De prosperar este absurdo, pronto leeremos, escucharemos y o escribiremos textos de este tipo:
Y esta necedad porque hay bobos y bobas que consideran que la lengua tiene que incluir por igual al femenino y al masculino mediante la duplicación de palabras, olvidándose (quizá desconociendo unos, mientras otros luchan por cambiar) de que existen en nuestra lengua una serie de reglas para el género gramatical, pensando que se eleva a la mujer a un nivel de igualdad frente a los hombres. Sin embargo, ¿qué hay de lo que de verdad importa? ¿Dónde está la ley que defiende a la mujer ante un no es no, aunque sea en el último momento?, y antes de esto, ¿dónde está el respeto del hombre a la mujer en esa situación para no tener que llegar a la justicia? Si existiera el respeto al género femenino (que no al gramatical, porque yo soy mujer, pero ante todo, persona y no quiero verme reducida a un género gramatical) por parte del masculino, si la mujer no fuera vista como un objeto de deseo y posesión, si pudiéramos ser madres y directivas de una empresa con lo que ello implica, si tantas cosas… no hablaríamos de la lengua, porque no sería necesario escudarnos en ella.

El español es una lengua romance, esto quiere decir que es una de las lenguas de la rama indoeuropea que surgieron como evolución del latín vulgar en contraposición al clásico y que están íntimamente relacionadas; otras son el italiano, francés, portugués o rumano. Y este tipo de lenguas dispone de un masculino genérico, ¿qué es esto?, te lo cuento: en español, nuestra lengua, como en otras, existe el masculino como género no marcado, es decir, es necesario especificar para determinar si nos referimos al masculino o al femenino, de lo contrario, sería masculino. En cambio, el femenino es un género marcado, se refiere al femenino únicamente.

Pongo un ejemplo; si digo “Los profesores hicieron huelga” estoy incluyendo a los profesores y a las profesoras, pero si la frase la cambio y digo “Las profesoras hicieron huelga” estoy excluyendo a los profesores y afirmando que la huelga fue llevada a cabo solo por las profesoras.

La gramática es así, no la he inventado yo, ni siquiera el escritor y académico Pérez Reverte quien tantas afrentas recibe en las redes y tantos zascasresponde por defender nuestra gramática.
Esta acusación a la lengua no queda ahí, nos lleva un paso más allá, ¿qué ocurre con la economía lingüística? Este concepto para algunos será algo perteneciente al cretáceo, paradójicamente, en un tiempo en el que tanto la economía como el tiempo son más oro que nunca. Pero no importa, ya rascaremos minutos a otras ocupaciones mientras dupliquemos palabras de manera absurda.


      Ahora bien, ¿de verdad es la lengua española machista? Un dato; palabras femeninas en español: 49700, es decir un 46,17 % frente a las masculinas 53724 lo que implica el 49,91 % y de ambos géneros hay 4214, un 3,91 % ¿Cambiamos alguna de género para que exista igualdad? Un dato más: piensa en palabras como zorro/a, cualquier/a, callejero/a, lobo/a, por poner solo algunos ejemplos, bien, ahora di en voz alta el significado de cada una de ellas. Todas las palabras femeninas tienen en común uno de los significados: puta.  
      No olvidemos que somos los hablantes quienes empleamos la lengua para agredir, para discriminar, ofender o dañar. La lengua, y por tanto la palabra, es la más peligrosa arma que todos, absolutamente todos, los hablantes poseemos. Por ello, debemos tratarla con precaución, pues su uso puede hacernos tan felices como infelices.

Según la catedrática mexicana Concepción Company “somos los humanos los que discriminamos, pero no con la gramática, sino con el discurso que hacemos valiéndonos de ella”.
La lengua es un arma legal, por eso, no dudamos en emplearla sin pudor, sin reparo. No solo se la acusa de machista, también de políticamente incorrecta. ¡Cuánto odio este concepto! Cuando en un discurso aparece la palabra política, vamos mal, muy mal.



Tras siglos de haber plagado a nuestra lengua de connotaciones principalmente negativas, hoy resulta casi imposible eliminarlas o limpiarlas, es por ello, que intentamos buscar nuevas expresiones o ampliar nuestra diatriba hasta el agotamiento. De esta manera hablamos de personas de color, como si los blancos fuéramos transparentes, carentes de color alguno.

Lo realmente es importante es la limpieza desde dentro, desde la educación y valores transmitidos en casa. Las nuevas generaciones son las que tienen la responsabilidad de hacer las cosas bien, mientras que nosotros, tenemos la obligación de educarlas en el respeto y no solo con ambos géneros, sino con el mundo en general (lo que incluye diferentes razas, opiniones, culturas, animales o plantas, en definitiva, con todo). Que la inclusión no se convierta en mera palabrería carente de significado, y lo que aún es peor, de valor.
Te regalo una pregunta para reflexionar, que ahora tienes tiempo. ¿Quién es el machista, el hablante o la lengua? 

2 Comentarios

  1. El lenguaje inclusivo, ¡qué nombre!, siempre me ha parecido una tontería —con perdón—. Esa repetición constante del sujeto o de cualquier complemento de la oración, ora en un género ora en otro, es ridícula. Aunque puede ser peor; encuentro mucho más molesto, cursi y ramplón el uso de signos ajenos al alfabeto, como la @, por ejemplo, para otorgar —intentar otorgar— doble género a una palabra.
    Pero ¿qué podemos esperar de una sociedad cuyos prohombres se dirigen a las «miembras» del congreso o cuando una de esas «miembras» se hace llamar «portavoza»?
    Parece que no tenemos bastante con las imprecisiones propias del idioma como para que nos dediquemos a despreciar lo que sí es concreto, entiéndase el género que está marcado y el que no lo está y su uso correcto.
    En cuanto a la pregunta que nos regalas, Sonia, me parece que no hace falta reflexionar demasiado.
    Un saludo,

    Jorge

  2. Muchas gracias por tus palabras, Jorge. De la arroba no me acordaba, tienes toda la razón.

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