Última Nochevieja en el Palacio Real

Última Nochevieja en el Palacio Real

Acabamos de vivir la Nochevieja más atípica y extraña. Por primera vez, la Puerta del Sol de Madrid estaba vacía. Ni gente ni uvas ni gritos ni láser enfocando el reloj. ¿Cómo fue la última Nochevieja en el Palacio Real?

¿Alguna vez has imaginado cómo celebran la Navidad los reyes? Cuando visito palacios no puedo evitar imaginar la vida cotidiana de los monarcas. Quizá, por ello, me gustan tanto las series históricas.

Hoy, la Navidad real ya no se celebra en un lugar tan regio, tan imponente y con tanta historia como el Palacio Real.

Ya sabes que el rey Alfonso XIII fue el último monarca en habitar este palacio. Tras su marcha al exilio y con la Monarquía todavía en el recuerdo, llega la II República. Su presidente, Manuel Azaña durante un tiempo ocupó el palacio como residencia oficial, pero la última Navidad real que se celebró en este lugar fue la de 1930 siendo los anfitriones los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia.

Con el reinado de Juan Carlos I, la residencia oficial de la familia real ya no es el Palacio Real sino la Zarzuela.

¿Por qué? Principalmente por comodidad y practicidad.

El Palacio Real es demasiado grande y los gastos son acorde a su tamaño; sin embargo, Zarzuela era el pabellón de caza, un lugar mucho más acogedor y barato de mantener. Y si algo había que mantener era la imagen.

Mostrarse con un perfil bajo era recomendable en aquel turbulento período de transición. Por fin terminaba la Dictadura, pero la Monarquía no era bien recibida por un amplio sector de la sociedad. Recordemos que fue la última imposición del dictador.

De esta manera, los gastos mejor hacerlos bajo mano, costumbre que al parecer quedó muy arraigada, aunque si conocemos un poco de la historia, más bien podríamos hablar de genética, que no del gen Borbón, porque ya no nos quedan.

Hoy te voy a contar una historia. Acompáñame que vamos a entrar en la última Nochevieja que vivió el Palacio Real.

“Nadie sabe que un año antes del exilio, el 31 de diciembre del 30, tomé las uvas como un ciudadano más junto al resto de madrileños que se agolpaban frente al reloj de la Puerta del Sol. Allí despedí el año y di la bienvenida al que, curiosamente, no sería mi año. Hay una anécdota que quiero compartir contigo, querida Juana, y que muy pocos conocen.

En un viaje oficial que había realizado con anterioridad a Palmira para visitar las ruinas sirias de dicha ciudad y que me dejaron impactado, estuvimos alojados en el hotel Zenobia.

La segunda noche, mientras tomábamos una copa en el bar del hotel mi secretario personal, el marqués de Torres y yo, se acercó a mí la dueña a quien había conocido el día de mi llegada, una tal Marga d’Andurain, para presentarme a una joven que estaba interesada en conocerme. Esta joven era la escritora británica Agatha Christie, con quien tras largas horas de agradable conversación, entablamos una bonita amistad. Y, pese a que mi intuición me dice que se sintió atraída por mí, no ocurrió jamás nada entre los dos.

De vuelta en Madrid, le comenté a Victoria la experiencia quedando, por primera vez, encantada con una historia que me tenía como protagonista junto a una mujer. Decidimos invitarla a ella y a su marido, el arqueólogo Max Mallowan a cenar la última noche del 1930.

El matrimonio real estaba roto desde hacía años y para la reina supuso esta cena un soplo de aire fresco. Ena, lectora empedernida, había leído un par de novelas que ya había publicado la escritora. Le resultaba atractiva la idea de sentarla en la mesa junto a toda la familia real. Mandó acondicionar una habitación del Palacio de Oriente para los invitados y ordenó un menú muy inglés acompañado de vinos españoles.

La cena tuvo lugar en el gran salón de gala y bajo la inmensa araña de brillantes cristales. Se había dispuesto una mesa cubierta con mantel de hilo blanco para treinta comensales y la vajilla de gala de Sevrès regalo de nuestra boda, que Ena quiso utilizar, pese a tratarse de una velada privada. Durante la cena los temas de conversación fueron triviales y en verdad reímos mucho. Gozamos de una velada distendida y amable donde las infantas atropellaron incansablemente a la escritora con miles de preguntas sobre sus libros. Su madre las había advertido previamente de la visita de Agatha recomendándoles las novelas que ella ya había leído. Por el contrario, Juan y, sobre todo, Gonzalo mantuvieron amenas conversaciones con Max sobre historia y las ruinas que habían sido descubiertas por su equipo de trabajo. Acabando los postres, mi hijo Alfonso, muy de tradiciones, pidió a los camareros que le lavasen y pelasen las uvas para comerlas escuchando las campanadas del reloj de Sol.

Se me ocurrió que podríamos acompañar a nuestros invitados a la madrileña Puerta del Sol a tomar también las tradicionales uvas, lo que sin duda era novedoso y atractivo para ellos. Ambos quedaron fascinados con la idea, de tal forma que rápidamente se organizó nuestra salida. La reina, sin embargo, no quiso acompañarnos por miedo a ser reconocida disfrutando en unos momentos políticos tan difíciles, sin embargo, ambos sabíamos el motivo sincero; lo último que le apetecía era acompañarme como esposa.

Yo estaba acostumbrado a salir de incógnito de Palacio para disfrutar de mis correrías nocturnas, por lo que no dudé en cambiarme y vestirme como cualquier madrileño con un abrigo de paño para combatir el frío, prescindiendo de mi capa española que tan de moda puse. De tal manera que junto a la pareja inglesa fuimos mis hijos; Juan, Jaime, el pequeño Gonzalo, y yo. Las niñas y Alfonsito, permanecieron en Palacio junto a su madre”.

Fragmento extraído de la novela En los ojos del rey.

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Enlaces de interés:

¿Quedan Borbones en España?

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