Borrón y cuenta nueva

Borrón y cuenta nueva

¿Qué es lo primero que hace un nuevo sistema político o gobierno cuando llega al poder?

No, aunque lo parezca, no es ningún chascarrillo.

¿La respuesta? Borrón y cuenta nueva.

Sumidos en la creencia de que lo que más preocupa a los españoles es la nomenclatura de las calles, las estatuas sustituidas, los muertos voladores o eliminar cualquier símbolo o recuerdo que nos haga recordar lo que fue nuestra historia, los dirigentes de cada momento creen que trabajan por la nación. Sí, esa a quien se deben y les paga.

Sí, tenemos la piel muy fina. Si nuestro dinero está destinado a contribuir en algo con lo que no comulgamos, es lícita la revolución verbal representada en la libertad de expresión. Pero, sin embargo, me sorprende de manera superlativa que no se exija más a nuestros representantes políticos hasta el punto de la excelencia. Claro, ¿qué es la excelencia? En esto también estamos divididos los españoles, quizá incluso podríamos hablar de división por persona.

Históricamente, España ha sido un país monárquico, sin embargo, ha habido dos descansos en los que nuestro país vivió sendas repúblicas y también dos dictaduras. Una durante el reinado de Alfonso XIII llevada a cabo por Primo de Rivera (si quieres saber más sobre este acontecimiento histórico tan peculiar como curioso, te invito a leer la novela En los ojos del rey) y la segunda y más conocida, la de Franco.

Bien, los españoles tenemos lo que yo denomino gen goma que nos permite borrar todo aquello que no nos gusta o no va acorde con nuestro pensamiento político. Y aquí incluyo a todos los colores y me da igual monarquía o república.

Con una goma borramos lo que no nos gusta del pasado de nuestro país. A esta acción la llamamos memoria histórica.

¿Qué es lo que se hace? Borrón y cuenta nueva.

Si el cambio viene de monarquía a república, lo primordial es eliminar estatuas reales o cambiar los nombres y plazas conocidas con nombres de reyes o nobles. Un ejemplo de esto es el de la plaza de Ópera de Madrid que hasta el final del reinado de Alfonso XIII se conocía como plaza de Isabel II.

Si simplemente cambiamos de partido político, pues lo que gusta es borrar los nombres de aquellas personas que han conformado nuestra historia, pero que eran del bando contrario.

El problema es que no se entiende la historia o, lo que es peor, se quiere modificar con fines políticos y nos olvidamos de que por mucho repetir una mentira no se convierte en verdad.

¿Qué es la memoria histórica? Parapetados en un nombre atrayente, no es otra cosa que eliminar de un plumazo todo aquello que no nos gusta. Pero la historia está ahí para aprender de ella, para comprenderla con mentalidad del momento en el que sucedió, no con la mentalidad actual. No podemos pretender que los hechos que fueron se parezcan a los de hoy o, peor aún, modificarlos para que sean según pensamos en pleno siglo XXI.

De esta manera, si algo no nos gusta, intentemos no repetirlo. Si algo nos avergüenza, mirémoslo de frente y no lo ocultemos.

Lo que no tiene ningún sentido es tapar, ocultar, borrar o eliminar hechos pasados y lo que es más importante, no tenemos que pedir perdón. Es hora de que los españoles nos reconciliemos con nuestra historia. Podemos empezar a hacerlo leyendo novela histórica, aquí te propongo varios libros.

Vamos a ver, todos los españoles que vivieron la guerra civil fueron víctimas, pero, por suerte, ni tú ni yo estábamos allí, por lo que no tenemos que pedir perdón por lo que pasó ni mucho menos dictar sentencia. ¿Quiénes somos los de la generación del bollicao para hacer justicia ahora? ¿Quiénes somos para venir con nuestra mentalidad, progresos y oportunidades para opinar? Por mucho que se diga o se haga, la historia no cambiará. No estoy diciendo yo que no se intente encontrar a todas aquellas personas enterradas en fosas comunes para darles sepultura o lo que considere cada familia. Cuidado.

Insisto, la historia está para aprender de ella, no para juzgarla.

Es evidente que con la mentalidad y medios de hoy nada de lo que fue volvería a ocurrir de la misma manera. Y esta premisa es válida para dentro de otros treinta o cuarenta años. No tendría ningún sentido que los españolitos del futuro vinieran a decirnos lo que hemos hecho mal. No, no hace falta, ya te lo digo yo y me lo dices tú también.

Son muchas, muchísimas las cosas que estamos haciendo mal y que los del futuro verán como aberraciones, porque la herencia que les estamos dejando sí que sería para hacer borrón y cuenta nueva.

¿Imaginas que sirviéndose de una futura «memoria histórica» y echándose las manos a la cabeza borraran todo rastro de la administración Sánchez o a Isabel Díaz Ayuso? ¿Y si negasen la existencia de los partidos extremos? Aunque hubiésemos preferido no vivir muchos de los momentos que pronto serán históricos, ahí están. Los podremos obviar, pero no eliminar. Tengamos presente que el pasado siempre vuelve.

Podremos borrar, incluso triturar las hojas del pasado que no nos gustan, pero este seguirá ahí.

¿Qué es memoria histórica entonces? Tener presente lo que fue nuestro país, lo que ha sido nuestra historia, porque todo lo que ha pasado es lo que hoy somos. Somos el producto de lo que hemos vivido y de todo lo que ha ocurrido.

Teniendo en cuenta esto que he dicho, miedo me da pensar cómo serán los españoles del futuro.

Si hoy, generación bollicao, disfrutamos de nuestras vidas tranquilas y cómodas, se lo debemos a todas aquellas generaciones anteriores que han ido viviendo y escribiendo la historia hasta nuestros días. No los obviemos ni ninguneemos. Esto es lo que hay, nos guste o no.

Imaginad que en los libros de historia dejara de existir el tema de la dictadura franquista, tampoco hay ya nada físico que nos recuerde que ocurrió, ¿serán más felices nuestros hijos y nietos? Más bien habremos creado una panda de ignorantes. Es evidente que no es la mejor etapa de España, tampoco la más fructífera, pero por desgracia, ahí está.

Yo te invito a leer, a leer a gente de todos los bandos y colores para comprender o simplemente saber lo que ocurrió con diferentes versiones. No olvides que leer nos hace libres.

Un claro ejemplo de este borrón y cuenta nueva del que te he hablado a lo largo de estas líneas tiene que ver otra vez con el nombre de una calle de Madrid.

Cuando llegó la II República y con el rey Alfonso XIII ya en el exilio, el gobierno decidió cambiar el nombre de la plaza Mayor de Madrid por plaza de Mateo Morral.

Esta foto fue tomada por el estudiante Eugenia Mesonero Romanos, nieto del escritor Ramón Mesonero Romanos. El periódico ABC la publicó al día siguiente retocada.

Esto fue un grave error de memoria histórica, porque el tal Morral era un anarquista que provocó uno de los mayores atentados terroristas de la época. El día 31 de mayo de 1906, Madrid amaneció engalanada para celebrar la boda del rey Alfonso XIII con la princesa inglesa Victoria Eugenia de Battenberg.

En las calles por las que pasaría el cortejo nupcial la gente se agolpaba para presenciar el acontecimiento del año, pero fueron los que se encontraban a la altura del número 88 de la calle Mayor quienes tuvieron menos suerte, porque desde un balcón, el anarquista, Mateo Morral, lanzó un ramo de flores en el que estaba camuflada una bomba a la carroza real. El resultado: 25 personas muertas, más de cien heridos y los reyes ilesos, pese al dramatismo vivido.

Tras esto, durante el periodo comprendido entre los años 31 y 36, la calle Mayor cambió su nombre por la de este anarquista terrorista. Incomprensible, ¿verdad? Pues es uno de los ejemplos más llamativos de este vicio por cambiar la nomenclatura de las calles. Esta manía por hacer borrón y cuenta nueva, a veces, quiero creer, sin conocer la historia.

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2 thoughts on “Borrón y cuenta nueva

  1. Tu excelente post me ha recordado una frase qué, con una elevada dosis de cinismo, aunque no por ello es mentira, dijo Platón:
    «Lo justo no es otra cosa que lo útil para el mas fuerte»

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