La democracia

La democracia

Como ya comentábamos la semana pasada, los españoles debemos agradecer el trabajo que llevaron a cabo determinados hombres durante una época muy próxima a nuestro tiempo. Gracias a ese período, vivimos en democracia.

Esta transición de la dictadura a la democracia estaba liderada por Juan Carlos I que fue rey desde 1975 a 2014, treinta y nueve años. Demasiado tiempo porque, al final como tenemos memoria pez, recordamos únicamente lo último que ha hecho una persona. De esto también hablé la semana pasada. Si no leíste el artículo, no te preocupes, puedes hacerlo ahora pinchando aquí.

Juan Carlos fue proclamado rey solo dos días después de morir Franco convirtiéndose en un personaje clave de la transición pacífica a la democracia. Es que no somos conscientes hoy de lo que eso supuso, por eso es importante señalar mucho lo de pacífica.

Intentaré explicar el proceso de esta primera parte del reinado del emérito, que es la que hoy nos ocupa, poniendo de relieve sus aciertos, pero también los aspectos más escabrosos. Esto incluye la relación paterno filial entre don Juan y don Juan Carlos y por supuesto la percepción de quien escribe, aunque con eso ya contabas, que son muchos viernes tomándonos juntos el café.

Lo primero es hacer un brevísimo resumen histórico para ponernos en situación.

El último rey antes de la democracia fue Alfonso XIII, abuelo del emérito, que se marchó al exilio en el año 31. Después vino una república casi más breve que este resumen, una guerra civil terrible y un período largo de opresión: la dictadura.

Ya estamos en 1975. «Españoles, Franco ha muerto». Yo me imagino que la algarabía silenciosa que debió de inundar todas las casas de España tuvo que ser impresionante. En todas menos en las de su familia y amigos, claro. Porque no dejaba de ser una persona, aunque de dudosa calidad humana.

Al mismo tiempo, quizá unos minutos antes, el teléfono del despacho del príncipe en la Zarzuela también sonaría para comunicar la misma noticia. Además, de para llamar a filas al joven Juan Carlos, porque había llegado su momento.

En este punto tengo que hacer un inciso para explicar esto de la sucesión, porque si Alfonso XIII nombra como heredero legítimo a su hijo Juan, ¿qué hace el nieto saltándose un turno?

Esto tiene más enjundia de lo que crees. Los que somos de la generación del bollicao para atrás, conoceremos bien este tinglado, pero los tiernos lectores que también siguen el blog es muy probable que se sientan perdidos. Por eso, me vas a permitir que me alargue un poco con la explicación para que nadie se despiste.

Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia tuvieron cuatro hijos varones (también dos hijas) y de ellos Juan no era el pequeño, pero sí el último de la fila.

El primogénito, Alfonso, nació hemofílico y además se casó con dos señoras (una primero y otra después) que no pertenecían a la realeza, de ahí que los matrimonios se considerasen morganáticos.

Por eso, el rey lo hizo renunciar a sus derechos dinásticos. El siguiente de la lista era Jaime (padre del primer marido de Carmen Martínez Bordiú), pero este tenía un problema (para el rey, los hijos habidos en el matrimonio real eran unos tullidos); era sordomudo y, por tanto, la idea desagradaba tanto al rey como a los monárquicos, así que recibió el título de príncipe de Asturias junto con la petición de renuncia.

Como ves, hemos llegado a Juan, el último de la fila. A Juan le tocó el premio gordo: la Corona. Él no pudo hacer como sus hermanos y pasar la patata caliente al siguiente que era Gonzalo. Imposible, porque había muerto también a causa de la hemofilia en un absurdo accidente de coche.

Don Juan de Borbón y Battenberg

Juan tuvo siempre espíritu aventurero, era un alma libre que nunca pensó que recaería sobre él todo el peso que supone esto de las herencias dinásticas. Motivo por el cual tampoco estaba preparado. Él era un marino convencido que estaba navegando por aguas de Bombay con la Marina británica, cuando recibió el aviso de su padre. Le comunicaba que por renuncia de sus hermanos mayores, se convertía en el heredero.

Imagino que juró en arameo y los gritos debieron escucharse en la luna, porque, todo hay que decirlo, era un poco rudo en modales.

Se puede decir que Juan prácticamente nunca vivió en España, ya que desde muy joven desarrolló su carrera militar lejos del país y después estuvo en el exilio. De ahí que su amor por la patria quede en entredicho, porque a nadie nos gusta que nos echen de ningún sitio.

Franco tampoco lo tenía en alta estima. Además, se le metió entre ceja y ceja. Para ser justos, nunca le prometió ni le dio a entender que volvería a España y menos como rey. El caudillo hacía lo que le daba la gana y nadie le decía lo que tenía que hacer ni cómo.

¿Qué pasó? Que le quitó a su hijo. Utilizó al tierno Juanito para hacer daño al padre. Esto es cruel, pero es que estamos hablando de un dictador.

Obligó al pequeño Juan Carlos a vivir alejado de su familia en España (recuerda que estaban exiliados en Estoril). Franco pensaba que para gobernar un país tenías que vivirlo, había que conocerlo. Ahora, que al padre del pobre emérito no le importó lo más mínimo sacrificar a su hijo por un trono que además al principio le supuso un incordio. Pero el poder atrae, es peligroso.

Durante su infancia, Juanito, vio en el dictador lo más parecido a un abuelo. Cuando creció la cosa cambió. También debió acabar hasta las narices, porque al final, en su modo de proceder estaba impresa la frase que su abuelo Alfonso XIII pronunció antes de morir: «Por España, ante todo, España».

Así que se olvidó de uno y de otro para pensar en él y en aquella última voluntad. Porque Franco malmetía contra su padre y su padre contra Franco mientras él estaba en medio. ¿Qué hizo? Bailarle el agua al dictador y a su padre también. Al final, el caudillo tendría la última palabra y había entendido que el elegido no iba a ser su padre. Además, entró otra persona en juego: su primo Alfonso de Borbón y Dampierre, el hijo de Jaime que se había casado con la nieta de Franco y tan heredero podía ser el uno como el otro. Si quería reinar, no le quedaba otra opción que permanecer cerca, porque su primo ya se había metido en la familia tras su boda.

Es desenlace ya lo conocemos todos: Juan Carlos, rey. Esto le costó la relación con su padre que se había empecinado en gobernar más por orgullo que por obligación. Después, parece que se arreglaron, pero la espinita se la llevó a la tumba.

Vale, dicho todo esto, volvemos al comienzo del reinado de Juan Carlos.

La gente no se fiaba de él, le costó mucho ganarse la confianza. Normal, pero es que para llegar a la democracia antes tenía que conseguir que los que estaban en el poder se lo creyeran. Siempre digo que los periodos históricos no se sucedieron pasando páginas como en los libros de historia, hay un proceso que conlleva un trabajo arduo. Por eso, el entonces príncipe en 1969 juró lealtad al Movimiento Nacional de Franco. Cuando más tarde fue proclamado rey, la gente que se acordaba de esto ponía en tela de juicio la labor del monarca. Pensaron que no sería más que una continuidad de la dictadura. Sin embargo, desde el principio, se mostró más liberal y democrático. Nombró ministro a Adolfo Suárez que transformó la dictadura en una monarquía parlamentaria.

Reactivó los partidos políticos y la amnistía para prisioneros políticos.

Iba dando una de cal y otra de arena al pueblo y al gobierno residual de Franco, pero seguía sin convencer a los españoles. Entonces tuvo lugar un golpe de estado que lo llevó a conseguir el respeto de toda España, porque el pueblo se hizo juancarlista en una noche. Yo te invito a que leas este artículo en el que cuento ese golpe de estado y pongo en tela de juicio su total veracidad, siempre siguiendo los estudios de varios historiadores.

Juan Carlos I

¿Estaba todo preparado o fue un golpe de suerte?

Otra de las leyes que aprobó Juan Carlos I y que demuestran lo alejado que de Franco se encontraba son las leyes del divorcio y del aborto limitado. Quizá, porque ¿estaba pensando en dejar a la reina ya? ¿algún bastardo por ahí perdido?

Para concluir, te diré que soy de la opinión de que durante al menos cinco minutos todas las personas son interesantes. Con esto quiero decir, que de todos podemos aprender algo, todas las personas nos aportan. En definitiva, con todo el que hemos hablado a lo largo de nuestra vida ha influido en cómo somos.

Lo mismo ocurre con la historia y sus personajes. Algo bueno hicieron que nos repercute en la forma en la que vivimos, pensamos, disfrutamos. Que el poder prolongado no es positivo, seguro. Al final, no importa el trabajo (bueno o malo) de toda una vida, siempre nos quedaremos con lo último que hacemos (bueno o malo).

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